| Formato: 13,5 x 21,5 cms. Páginas: 150 Edición: 1a. ed. Año: 1998 ISBN: 956-11-1378-3 Precio Librería: US$:9,00 - $4.500 Precio Internet: US$:8,10 - $4.050
Del monte en la ladera (...) encierra en sus páginas un intento de poema descriptivo, Mahuida, donde precisamente se vuelve a la materia forestal en pleno, a toda orquesta. Es verdad que el título de este libro nos recuerda la imagen de fray Luis de León, de quien el escritor chileno tiene poco o nada; pero también lo es que, en rescate, Mahuida es todo lo autóctono que puede ser, en Chile, un poema escrito en lengua española. Mahuida es, en el idioma aborigen, montaña, pero especialmente la boscosa, la cubierta de árboles, donde reina un extraño silencio en que se siente palpitar la vida de la selva. Edición cuidada y prologada por Manuel Silva Acevedo y Enrique Volpe.
|  IMPERFECTO EXILIO
| ENRIQUE VOLPE MOSSOTTE Ver Títulos Edicion:1ª, Año: 1997 N° de Páginas: 108 Formato: 16 x 21 cm. ISBN: 956-282-032-7 Editorial: LOM Peso: 280 gr |
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Inserto en la gran tradición poética chilena, este poemario también reconoce raíces en la epopeya y en la égloga lírica mediterránea, redescubriendo los origenes míticos, órficos, religiosos y oníricos del poema.
ARTES Y LETRAS Domingo 7 de Mayo de 2000
A propósito del "Chupacabras": El Piguchén, un Vampiro Nacional
Existe una larga tradición escrita y oral que da cuenta de la existencia del Piguchén, especie mamífera alada, que ha estado presente en la zoología mitológica chilena desde los primeros siglos, y que para alimentarse succiona la sangre a los animales. Por Enrique Volpe
En estos días, los noticiarios de la televisión, las radios y los diarios nos traen las noticias de la aparición de un extraño animal que está causando un verdadero exterminio en las majadas en el desierto atacameño. Todas aparecen despojadas de su sangre, más bien con la sangre chupada. Frente a este hecho de por sí muy extraño y hasta ahora inexplicable, aparecieron los eternos opinantes esgrimiendo las teorías más absur-das. Hay quien asegura que se trata del famoso chupacabras que mata animales en los campos de México. Otros opinan que se trata de una especie de mandril habitante del desierto y que hasta ahora permanecía en el desconocimiento de los zoólogos. Otros opinan que se trata de una especie de canguro vampiro. Y no faltan los que quieran verlo como un extraterrestre que baja a la tierra para darse un festín con la sangre de las pobres bestias domésticas. Cada uno da su opinión, revistiendo sus palabras con una grave solemnidad.
A nadie, sin embargo, se le pasa por la mente echar una mirada al pasado, más bien a lazoología mitológica del Chile mágico, donde muchos de esos mitos casi siempre nacen de una realidad latente, a veces cruenta. Y entre los escasos monstruos mitológicos chupadores de sangre, en primer lugar, hay que situar al piuchén o piguchén, y luego al culebrón de las majadas que sólo les chupa la sangre a las cabras cuando le falta la leche. Estas dos bestias, muy pocas veces vistas, bastan para encontrar una respuesta a las depredaciones del supuesto "chupacabras".
Pihuichén en el lenguaje mapuche, según el libro "Voz de Arauco" del P. Ernesto Wilhelm de Moesbach, se trata de un pájaro vampiro. El sabio naturalista Juan Ignacio Molina, en su amena y nostálgica "Historia Natural y Civil de Chile", escrita desde su destierro, en Italia, nos describe más ampliamente al piguchén, dando por verídica su existencia. El lo llama piguchén y no vacila en clasificarlo como un "cuadrúpedo alado". "Tal es, por ejemplo, el piguchén, cuadrúpedo alado o especie de gran murciélago, que al existir en la realidad formaría uno de los eslabones o anillos que unen los pájaros con los cuadrúpedos..."
Después, el sabio naturalista nos entrega una descripción curiosa de cómo podría ser la figura de ese vampiro criollo. Nos dice que su tamaño podría ser como el del conejo casero y con una piel muy fina del color de la canela, con un hocico muy aguzado y los ojos grandes y redondos como los de los lagartos y que su cola es redonda y termina ancha como la de los peces. Su silbido es como el de las culebras y su vuelo es parecido al de las perdices. Se cree que hace su guarida en los huecos de los árboles viejos y de allí sólo sale en las horas nocturnas y no le causa mal a nadie, sólo a los insectos con que se alimenta. Luego de leer esta descripción del piuchén, no nos cabe dudas que el naturalista no le otorga ninguna peligrosidad a ese vampiro, y, menos aún, un origen satánico, como lo califican las leyendas vernáculas regionales.
Incluso Darwin. En su clásico libro "Mitos y supersticiones", don Julio Vicuña Cifuentes baraja varias opiniones sobre el piuchén, basado en datos que le entregaban los campesinos de las diferentes zonas de Chile. En la zona de Melipilla, a principios del recién pasado siglo, los habitantes, en ese entonces, con caminos imposibles pasando cuestas peligrosas más que nada por la presencia de bandoleros, para llegar a la Villa de San Gerónimo de Alhué, opinaban o aseguraban que el piuchén era una culebra que al pasar a vieja se transforma en una especie de rana de gran tamaño, con su cuerpo cubierto con un vello muy fino y con alas cortas que sólo le permiten vuelos breves. Pero sus patas al estilo de garras son muy fuertes y sus ojos son saltones con el fulgor maligno que causa espanto y a veces mata. Los campesinos de Alhué señalaban con certeza que se alimentaba con la sangre de las bestias y a veces de los hombres.
Según don Tomás Guevara, citado por Vicuña Cifuentes, respecto del piuchén, por tradiciones orales recogidas por él con los viejos mapuches, éstos decían que se trataba de un monstruo terrible con la forma de una gran culebra alada que sólo sale a volar durante la noche, de preferencia en la estación en la que salen los brotes de los robles. Emite unos silbidos largos que causan el pavor al que los escucha, y se alimenta con la sangre que les bebe a las bestias y también a las personas cuando las encuentra dormidas o desamparadas.
El enigmático cronista del diario El Obrero, en la ciudad de Ovalle, en el legendario Norte Chico, cuya firma era José Silvestre, muchas veces citado por su artículo titulado "Algo de la mitología zoológica en Ovalle", publicado con fecha 19 de febrero de 1904, nos dice que el piguchén tiene el pico y las alas como los de los loros y que anuncia su presencia con tres silbidos. En el artículo el autor nos entrega una fórmula para espantarlo y que consiste en colocar banderas blancas en los corrales al tiempo que se emiten silbidos por medio de una botella.
El científico Ricardo Latcham, también citado por Vicuña Cifuentes, nos dice y nos asegura que este vampiro existe en Chile desde siempre y que Darwin fue el primero en constatar su existencia, pues durante su viaje a lo largo de Chile tuvo la oportunidad, en la ciudad de Coquimbo, de obtener un ejemplar, el que llevó a Europa (no especifica si vivo o embalsamado) y que allí fue descrito científicamente por Water House en la "Zooología del Beagle" con el calificativo de Desmodus Dorbinyi. Según el libro, se trata de un vampiro que se alimenta chupándoles la sangre a los animales.
El maestro Oreste Plath en su magnífico libro clásico "Geografía del mito y la leyenda chilena", junto con confirmar lo expresado por los anteriores investigadores, si bien con leves variaciones, nos entrega una fórmula para espantarlo o matarlo si se presenta la ocasión. Se puede espantarlo soltando en el lugar de su última depredación una manada de chivatos viejos y malolientes, pues se sabe que el fuerte olor de la sangre de esos chivatos lo marea y le causa un gran asco. Lo de matarlo parece más inverosímil, pues se trataría de ubicar el árbol viejo donde tiene su escondite y durante el día, cuando duerme, tapar con una malla fuerte ese árbol y luego prenderle fuego.
Un villorrio y algo más
Sólo a unos pocos kilómetros montaña arriba del pueblo de Putaendo se halla un villorrio campesino con el nombre de Piguchén. En las cumbres de sus cerros casi enteramente despojados de vegetación, se pueden divisar a ojo de buen entendedor pequeñas cavernas naturales y también bocaminas de vetas coloniales abandonadas. Según tradición recogida de modo oral en la zona, en diálogos con campesinos viejos, o en su quinta taller en El Callejón o Portalones de Juan Rosas, con el pintor Raúl Pizarro, uno de los más doctos conocedores de las tradiciones campesinas de su tierra, en el tiempo de la llegada de los primeros españoles a la tierra de Aconcagua, en esos cerros entonces habitados por indios chiquillanes había muchos piuchenes que les bebían la sangre a las ovejas de la tierra y también a los hombres. De allí el nombre de ese villorrio al pie de la montaña.
En la tradición oral de Santiago Norte, más específicamente lo que ahora es la comuna de Renca, cuando era una pequeña parroquia de indios, en el lugar donde antaño se alzaban los muros de lo que fue la bella iglesia del Cristo del Espino, al pie del cerro grande de Renca, construida por los frailes franciscanos en un terreno donde antes existió un cementerio de indios, se cuenta que en el tiempo de las misiones solía llegar para oficiar misa un famoso orador de la orden de los dominicanos. Su nombre se pierde en la nebulosa del tiempo, pero se sabe que era un orador famoso en Santiago y alrededores; un verdadero pico de oro en las prédicas de la fe. Pero ese orador en sus prédicas se exaltaba en arrebatos místicos que causaban pavor a los feligreses, de por sí seres simples, pues aseguraba que el diablo se había aposentado en esa tierra bajo la forma de un piguchén, y que sin duda un día les bebería la sangre a todos los peores pecadores y después arrastraría sus almas al infierno.
Los más afamados payadores del 800, que vendían sus liras populares contando en versos vulgares los hechos de actualidad como crímenes, amores infieles, apariciones del diablo, o los duendes burlones que casi siempre se aparecían en el barrio de La Cañadilla, o el nacimiento de fenómenos como niños o terneros con dos cabezas, a veces solían nombrar al piguchén en forma simbólica, como lo muestra en una de sus estrofas el famoso poeta Bernardino Gajardo cuando dice:
Si las canchas se prohíben y los billares también, arreglen un piguchén, los que de la usura viven...
Los sucesos de Aculeo en 1980
El verano de 1980, luego que hacía más de sesenta años que nadie en la zona había escuchado decir de depredaciones cometidas por el piguchén, hizo su cruenta aparición en el Cajón de Aculeo. Me tocó ser testigo del hecho que al parecer no tenía una explicación lógica. Recuerdo la vaquilla tendida en el costado de una suave ladera arbolada con las más diversas especies de árboles nativos. Su muerte había ocurrido hacía unas pocas horas, y al contemplar en detalle su cadáver se le podía notar en la testuz una cicatriz casi minúscula, como hecha con una gran aguja cañamera, de la cual no había manado ni una sola gota de sangre. La bestia estaba totalmente desangrada, pero a unos mal contados cien metros más arriba, junto a un avaro chorro de agua y a la sombra de un enorme belloto de más de treinta metros de altura estaba la sangre vomitada o defecada; dos grandes charcos aún frescos sobre los cuales revoloteaban casi enloquecidos dos enjambres de abejas silvestres.
En el transcurso de una semana a contar desde el hallazgo de la vaquilla desangrada fueron encontrados otros tres vacunos de mediana alzada también sin sangre, y cerca, otros charcos de sangre. En esos cerros con vegetación casi lujuriante, de vez en vez se producían las muertes de animales casi siempre debidas a los pumas, otras veces a los perros alzados. Aquí es indispensable especificar que en Chile no hay perros salvajes, como pretenden algunos de los entendidos que opinan con argumentos sin ton ni son. Los que recorren los cerros matando el ganado son perros caseros que fueron corridos de los ranchos en el tiempo de las carestías, cuando se hace difícil la mantención de las personas y de los animales. Otras veces en las tierras más altas, son los cóndores los que atacan a bestias agonizantes, picoteándolas en los ojos y desgarrándoles el ano de donde les devoran las tripas. Pero todos son carnívoros y no chupadores de sangre. Al producirse esas últimas muertes, un viejo campesino típicamente aculeguano que en años mejores había sido mayordomo de ganado lanar, aconsejó que para alejar al piuchén de esas tierras pobres era indispensable recurrir a la sapiencia del viejo meico en hierbas y también brujo de varios colores según la ocasión que era Valentín Gárate, cuya casa se ubicaba en una gran quebrada cercana. El hecho ocurrió a principios de 1980 y Gárate falleció al año siguiente con casi noventa años de edad. Gárate accedió a indicar el modo preciso de cómo alejar al piuchén de esos campos. La fórmula era la de soltar en el lugar de las depredaciones un piño de unos ocho o doce chivatos viejos, pues es sabido que al pájaro vampiro le causa repulsión el olor fuerte de la sangre ca-liente de los chivatos, pero a la vez también se hacía necesario que algún valiente se encargara de ubicarse al inicio de la quebrada, y al caer las primeras sombras que anuncian la noche hiciera sonar durante unas dos horas, y esto durante tres días, un cuerno de buey, pues se sabe que su sonido lúgubre espanta al piguchén.
Pero don Valentín Gárate era un convencido de que bajo la forma del piuchén podía estar oculto el famoso Marqués de Faramalla, que es el diablo vernáculo que recorre la zona tanto de Alhué como la del Cajón de Aculeo, por lo cual al ritual práctico había que complementarlo con un conjuro a la presencia satánica, y consistía en formar una cruz con dos ramas gruesas de palqui (vegetal que tiene el poder de aturdir y espantar a las culebras, símbolos del satanismo) unidas con una hebra de lana roja también gruesa entre la cual, antes de cerrar el nudo, hay que colocar vertical una ramita cruzada de romero de Castilla, verde. Y al inicio de la quebrada se hace un montículo con tierra bruta formada con hojas podridas de árboles de mala sombra como son el litre y la patagua, y sobre ese montículo que simbólicamente representa al monte Calvario se clava la cruz y al pie de ella se enciende una vela bendecida mientras se reza ese poderoso conjuro que es las Doce palabras redobladas, y al finalizar esa oración, rezarla otra vez a la inversa, pero en voz alta, insultando en forma burlesca al diablo. En esa ocasión se cumplieron las indicaciones del hierbatero y al cabo de una semana que se soltaron unos cuantos vacunos en el lugar, al ser revisados se constató que no faltaba ninguno, señal de que el piuchén había hecho abandono del lugar y que el procedimiento había dado resultado. Todo esto nos viene a demostrar que no hace falta buscar una respuesta en mitologías foráneas, ni inventar monstruos absurdos por lo inverosímiles y que en esta tierra larga y angosta, sus viejos mitos zoológicos, muchas veces señalados en las piedras andinas dibujadas por los primeros pobladores en las vastedades desoladas de las cordilleras, pueden convertirse en realidades.
ARTES Y LETRAS Domingo 24 de Octubre de 2004
HOMENAJE. Palabras sobre Enrique Volpe: Mi ceniza no ha sido profanada
Una visión sobre la obra literaria de Volpe que abarcó diversos ámbitos.
LORENZO PEIRANO
¿Qué recordaremos de un poeta italiano avecindado en Chile desde los doce años de edad? ¿Qué diremos de Enrique Volpe? Tenemos, por el momento, dos versiones (entrecruzadas) de su persona. La primera corresponde a su "quehacer poético", a su vocación épica, inconmensurable. La segunda se refiere (lo intenta) a lo que pervive en nuestra memoria de su trato, de sus gestos, de su voz caudalosa. Determinados objetos caen al suelo: una cortapluma Victorinox, un llavero colgante, una pistola Beretta. Determinadas historias, narradas entre incontables cigarrillos y tazas de café, ya no se escuchan. Enrique Volpe murió en Santiago, a las diez de la mañana del 9 de mayo de 2002; había nacido el 27 de octubre de 1938, en Vercelli (Piamonte).
Un libro notable
Los datos de su muerte, exactos, tristes y fríos, nos causan asombro (todavía nos causan asombro). Aquel 9 de mayo Volpe se disponía a visitar a su amigo "compatriota", el escritor Gianni Migliano. No pudo ser. Luego, en el crematorio, veríamos a sus pares en la despedida final: Mardoqueo Cáceres, Fernando Quilodrán, Roberto Araya Gallegos... La muerte de Volpe fue sorpresiva, increíble, como también fue increíble su vida, repartida -al igual que la vida de Encina- entre el campo y "la actividad literaria". ¡Y qué actividad literaria! Enrique Volpe escribió un poema épico sobre el descubrimiento de Chile; esa fue, sin duda, una forma de demostrarnos cómo sentía a nuestro país (aunque, por supuesto, no es la única lectura del libro). La "Crónica del Adelantado" llegó a la imprenta en 1990, en un tiraje de 500 ejemplares. Volpe esperaba el Premio Municipal; sólo recibió una mención honrosa. El dictamen le dolió. Nos dijo en aquel tiempo que su poema no había sido valorado. Un año más tarde sería declarado "material didáctico de consulta para la educación chilena" y, en 1994, Editorial Universitaria lo reeditaría precedido de una carta abierta del poeta Armando Uribe.
Enemigo de la antipoesía, a la que veía como un despeñadero de frustración, Enrique Volpe escribió, antes y después de la "Crónica del Adelantado", otros libros. El primero, "Cabaña entre las Rosas", apareció en 1960. Fue allí donde el poeta itálico enfrentó la mayor dificultad: utilizar un idioma ajeno para su expresión. Volpe rescató de ese primer intento la fuerza metafórica y la potencia verbal, entendiendo que sus resultados no podían compararse con las obras de los poetas de su generación. Empezaría entonces un camino hacia una poesía de mayor peso, y que implicaba, necesariamente, un distanciamiento del ambiente literario, "tan lleno de miserias humanas", según sus propias palabras.
Conversaciones
Los precedentes que tuvo en cuenta Enrique Volpe para tratar la empresa de Diego de Almagro -quien en abril de 1536 llegara al valle de Copiapó- fueron "La Araucana", de Alonso de Ercilla (nuestra Eneida, como escribiera Andrés Bello), y "Arauco Domado", de Pedro de Oña. No obstante, la imaginación primó en este singular poema. Tras sortear múltiples problemas técnicos, donde "la parte narrativa era la trampa mortal", Volpe llegó a un resultado sorprendente: más de dos mil versos teñidos de pumas y espejos en los cuales el mismo Diego de Almagro nos habla de su infortunio. Y es que nuestro poeta consideraba al Adelantado español "un personaje injustamente olvidado por la historia, un antihéroe de 63 años con llagas en el cuerpo; un hombre que avanzó por terrenos desconocidos a filo de espada". Alguien propuso que en la Crónica había una especie de "invasión de las razas indígenas", cosa que indignó a Volpe, y que a nosotros nos parece irrelevante. Basta una atenta lectura del libro para comprender que éste apunta a la chilenidad en su esencia. No en vano encontramos en sus páginas a Gonzalo Calvo de Barrientos: "el primer español llegado a Chile y el primer padre de la mestiza raza chilena".
Los influjos de otros poetas que coexisten en la poesía de Volpe (aquí también aludimos a los libros "Viernes Santo", "Tierra Padana" e "Imperfecto Exilio") son variados. Hallamos, por ejemplo, aquel "golpear de sangre exaltada" de Dino Campana, así como la "rica sequedad" de Eugenio Montale. La presencia de Antonio de Undurraga de igual manera es evidente ("un diálogo invisible"). A esto sumemos otros elementos: su relación con payadores, ex bandidos o antiguos patriarcas campesinos como Luis Pastén, quien "representaba lo hidalgo con ojotas y hasta con harapos". Porque Volpe anhelaba, perseguía lo chileno, aquello que lo podía unir a nuestra patria: "Chile, como gota de rocío en el cuenco de una piedra: /Chile es el nombre indiano de esta tierra larga/ que cabe en el trino helado de un pájaro salvaje"... Y es que en su epopeya el poeta también se prolongó; su amor por las armas de fuego, transformado en un "dócil cuerpo de greda de una mujer india"; o aquel felino "que los indios llaman puma", y que para Volpe significaba "el alma bravía e indomable de la cordillera".
Alejándonos ahora de este tal vez somero análisis, la presencia de Enrique Volpe regresa con su excelente humor, con su inclinación a la buena mesa, y con sus recuerdos de Italia (de una Italia que suponía ya muy cambiada). Durante la guerra, en la infancia, solía recoger manzanillas con su bisabuela, Guiseppina Alessio; la conmovía escuchar "Las muchachas de Trieste"; amaba, por sobre todo, a su madre; y practicaba ese ya casi perdido "culto a la amistad".
Con nostalgia recordamos aquellos miércoles lejanos; tardes en las que compartía con el poeta Jorge Teillier; tardes en las que se evocaban nombres malditos: Boris Calderón, Carlos de Rokha, Enrique Rebolledo Sánchez (alias "El chilenito"). Horas en las que se revivían los viejos tiempos, en las que se hablaba realmente de poesía, y en las que Volpe transmitía los saludos enviados por Efraín Barquero desde Francia. Cuántas conversaciones retenemos en la memoria: los poetas crepusculares: Sergio Corazzini ("O mia piccola dolce casa"), Guido Gozzano ("La bellezza del giorno/e tutta mel mattino"). Ambiente alucinado, brumoso debido al humo de los cigarrillos (humo que formaba rostros ausentes). Historias transcurridas en el campo, entre las quebradas al anochecer: apariciones, experiencias sobrenaturales; maleficios causados por brujos chilenos (según Volpe, los más poderosos de América). Muchas veces nos recalcaba el privilegio de ser los habitantes de un territorio casi virgen del planeta, aunque reconocía un mejor pasado. Lamentaba que la corrupción hubiese llegado a las grandes ciudades; pero repetía con fuerza (citando a Mariano Latorre) que Chile, afortunadamente, es un país de rincones.
Con intensidad trataba de explicar sus procesos poéticos (escribió también narrativa). Nos dijo que en la Crónica del Adelantado lo había dejado todo. Sus ojos azules se dilataban cuando hablaba de "la mecánica mágica", o de "una épica en el tiempo sin tiempo, para así llegar al tiempo nuestro". Expresaba sus ideas de manera original: "la corriente interna", "el tiempo operístico". Quizás lo obsesionaba un poco la unidad y la esperanza en "los lectores del futuro" (Charles Cros). Su formación autodidacta lo había enriquecido con múltiples lecturas.
Le gustaba compartir sus conocimientos; pero con cierta timidez, a pesar de su marcado acento italiano con las erres del norte. "Yo estudié en una escuela agrícola mediocre de Linares", comentaba sonriente. Dividido entre las labores del campo y su deambular por la ciudad (parte de su "quehacer poético"), Enrique Volpe alentó una atmósfera que echamos de menos. Sentimos que hablar de su persona siempre será una deuda y un abrazo imposible.
La inocencia y la generosidad primaron en él. Se fueron las conversaciones; se alejó el aroma de las castañas asadas en invierno. Un hombre alto y corpulento ya no pronuncia el nombre de sus amigos, ni comenta los sucesos de la vida con una mezcla de ímpetu y respeto.
EL HOMBRE EN LA MONTAÑA
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| Edgardo Garrido Merino Editorial Universitaria
| Formato: 13,5 x 21,5 cms. Páginas: 283 Edición: 1a. ed. Año: 1999 ISBN: 956-11-1457-7 Precio Librería: US$:9,00 - $4.500 Precio Internet: US$:8,10 - $4.050
“‘No ocurre muchas veces un hecho tan estimable: que un escritor americano venga a España, se sature de su espíritu, ahonde en el alma de las cosas y las personas, y produzca un libro tan español como pudiera escribirlo el más español de los escritores". "Esto es lo que ha realizado don Edgardo Garrido Merino, chileno de nación, cuya novela El hombre en la montaña anda por ahí, por las librerías, desde hace algunas semanas". "Con estos elogiosos términos comenzaba el artículo que escribió el renombrado crítico español José María Salaverría cuando se publicó el libro de Garrido...”. Raúl Silva Castro, en Panorama Literario de Chile, Editorial Universitaria, 1961. Prólogo a cargo de Enrique Volpe.
|  Enrique Volpe: El silencio lleno de armonía
A mi modo de ver, la era de la computación significa para la creación poética su decadencia definitiva; el creador domesticado por una máquina regulada por la matemática casi perfecta. Una invasión a las últimas reservas espirituales del hombre poeta. El lápiz silencioso y la mano guiada por la mente, en un coloquio con el infinito, son casi los instrumentos sagrados que nos permiten penetrar en pequeños mundos o en esa dimensión que nunca podrá ser creada por las máquinas. Esa dimensión que en breves momentos, tan vastos como el infinito, nos convierten en habitantes maravillados de esos mundos o en los rincones más secretos de nuestras propias almas. Los signos de las palabras, trazados sobre una hoja en blanco, son como poblar un desierto con las imágenes o figuras a veces esperpénticas, otras veces angelicales, que representan las realidades y los sueños. O el intento de asediar las profecías. Lejos de las máquinas, grabados con dibujos en las rocas andinas, están escritos los grandes poemas épicos de la América morena. En estos poemas, los poetas anónimos cuyos nombres no conoceremos nunca, dejaron escritas las historias de las tierras, de las razas que poblaban esas tierras y de los dioses primitivos que regían el destino de esas tierras. Me confieso hombre carente de conocimientos sobre computación, pero el signo grabado en la piedra es como una ventana que se abre para hacernos soñar con mundos de fábulas que se eternizan en el tiempo, frente al veloz olvido de las máquinas. Amo el silencio lleno de armonía y de voces que acompañan al creador en la soledad necesaria para un coloquio con el infinito.
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0 personas han comentado este libro  | | JUANA LUCERO
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| Augusto D´Halmar Editorial Universitaria
| Formato: 13,5 x Páginas: 216 Edición: 2a. ed. Año: 2000 ISBN: 956-11-1252-3

Juana Lucero ha sido llamada una y acaso la inicial novela naturalista en Chile. Clasificaciones de escuela. Podría llamársela relato de costumbres o criollismo urbano o cuestión de trascendencia social. Malentendidos. <> Prólogo de Enrique Volpe.
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